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NDU &CHDSClub/ArgentinaClub de graduados argentinos del Centro de Estudios Hemisféricos de Defensa - CHDS - y de los restantes centros de estudios superiores de la U.S. National Defense University |
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Ponencia del Senador Jorge A. Villaverde para el Primer Simposio de Defensa y Seguridad "La defensa en la subregión. Nuevos desafíos. Nuevas propuestas" Buenos Aires, 2 al 5 de abril de 2001
El origen de las misiones de paz se remonta formalmente a la Carta de San Francisco mediante la cual se creó la Organización de las Naciones Unidas en 1945. En el preámbulo de esa carta, surgía claro el compromiso de
Si se observa el sentido de aquella propuesta surgida de la Carta de San Francisco, se comprende claramente la necesidad de las misiones de paz que se vienen desarrollando desde 1948 como convencionalmente se acepta, aunque algunos estudiosos se remiten a la década de los '30 para el inicio de estas actividades.
La vigencia de las misiones de paz se ha hecho mucho más evidente desde el fin de la guerra fría. Durante aquella larga etapa del equilibrio del terror, las condiciones del conflicto afectaban en todos los órdenes y la percepción de la inminencia de la guerra era dominante y permanente. Al mismo tiempo que hubo conflictos de significación como los ocurridos en el sudeste asiático y otros de menor envergadura en distintas regiones del planeta, y pese a que se evitó el conflicto atómico, la noción de guerra impregnó las relaciones entre los estados.
Finalizada la guerra fría, la paz surge casi como una contraposición y aparece una percepción planetaria de seguridad, objetivo compartido por un número creciente de naciones. De esta forma, las políticas de defensa se ordenan en torno al uso limitado de la fuerza como herramienta para alcanzar la paz, y lograr la solución de los conflictos.
La seguridad de uno parece no tener ya como correlato la inseguridad del otro y particularmente en nuestro hemisferio se va avanzando progresivamente de un contexto de fragmentación y desorden con predominio de formas totalitarias a uno mucho más positivo signado por la integración y el orden institucional en un marco democrático. Todo ello crea un entorno más apropiado para legitimar un concepto de seguridad construido en torno a la paz como valor estratégico.
Afortunadamente, esta región viene mostrando un consenso creciente alrededor de la integración y del abandono de las políticas de seguridad basadas en la supremacía militar de algunos de los actores. Por eso, es la región del planeta que tiene menos conflictos y que cuando los tuvo, encontró los medios para resolverlos sin acudir al recurso de la guerra. El ejemplo más destacado es el de la disputa fronteriza entre Ecuador y Perú que se resolvió dentro de la MOMEP.
El valor de las misiones de paz explica el dramático incremento de su número desde el fin de la guerra fría. La utilización intensiva de este instrumento es la consecuencia necesaria de un nuevo ambiente internacional en el cual se hace cada vez más difícil el uso de la fuerza militar como exclusivo elemento de dominación, aún si se trata de las grandes potencias que tienen una indiscutible supremacía bélica. En este nuevo ambiente está ocurriendo una ampliación de los roles, funciones y misiones de las Fuerzas Armadas, respecto de las cuales las misiones de paz son hoy una actividad importante destinada a asegurar el mantenimiento de la seguridad en el ámbito regional e internacional.
Desde esta concepción debemos decir que las misiones de paz son operaciones militares, sin llegar a convertirse en guerra, en la que pueden participar civiles y que se realiza con el objetivo de apoyar acciones diplomáticas. En segundo término, su propósito es mantener, preservar, consolidar o imponer la paz en cualquier lugar del mundo. Su legitimación requiere la decisión de un organismo de seguridad colectivo y una composición multinacional.
El concepto de misiones de paz remite inmediatamente al valor de la interoperatividad. Esas misiones exigen la actuación coordinada de instrumentos militares de diversos países. El avance hacia la interoperatividad es en si mismo una verdadera revolución de las relaciones entre los países, obligando a un cambio cultural significativo. En rigor de verdad, la interoperatividad es una medida de confianza mutua y obliga al abandono de ciertas formas del secreto entre los países que confluyen en esa actividad común.
Operar juntos crea un nuevo clima de entendimiento y muy en particular, se aleja de la escena la sorpresa como elemento de ventaja frente a lo que en su momento fueron considerados oponentes y que en la actualidad son considerados socios. Aquí deben confluir la interoperatividad profesional y la actitud psicológica de los actores involucrados, que hacen suyo el objetivo de integración definido en el más alto nivel político. En este sentido, las misiones de paz son un campo propicio para una mejor comprensión entre las partes y crean condiciones favorables para una cultura de la integración.
Es sabido que las percepciones son a menudo tan importantes como las mismas realidades. Esas percepciones se alimentaron en el pasado de recelos en varios casos infundados, y también de un cierto desconocimiento de la realidad del vecino, de sus temores y de sus mismas limitaciones objetivas. Operar juntos es mucho más que una actividad en común e implica empezar a concebir un destino compartido en materia de seguridad, en cuanto a la defensa de ciertos valores, sin que ello implique abandonar la independencia de cada país en un mundo globalizado, que impone severas restricciones a la soberanía estatal tal como la conocimos en el pasado.
Las misiones de paz constituyen una oportunidad para interoperar con otros y facilitan una experiencia que prepara a oficiales, suboficiales y tropa para actuar en un mundo globalizado, dándoles una perspectiva distinta de la que fluye de su cultura anterior, influida por las exigencias de las pautas en el cual se han formado. Las misiones de paz exigen un nuevo tipo de guerrero que debe estar preparado para hacer la guerra y utilizar al mismo tiempo las armas de la diplomacia y de la negociación. Por ello, se exige de estos nuevos combatientes un creciente conocimiento del entorno estratégico, político, histórico, geográfico y cultural de la región en la cual desarrollan su accionar. Se impone un verdadero cambio cultural para poder hacer frente a las exigencias de este tipo de operaciones y para alcanzar una armónica relación con los otros componentes militares, diplomáticos y políticos.
En la Argentina se ha logrado alcanzar un fuerte consenso acerca de la política de defensa como una política de Estado y se ha abandonado la pretensión de traer la disputa político-partidaria al ámbito de la defensa. También, está ampliamente legitimado el compromiso argentino con cualquier acción, resuelta en el ámbito de las Naciones Unidas, que tenga por objetivo mantener, preservar, consolidar o imponer la paz en cualquier lugar del mundo.
Los ciudadanos argentinos, de uniforme o sin él, integrados a las misiones de paz, cuentan con el aval de la voluntad política, del pueblo argentino y de su dirigencia.
Existe una dimensión global de la seguridad humana en la cual el hombre puede, con las herramientas que la tecnología le ofrece, contribuir a moldear un ambiente de seguridad de dimensión planetaria. Sólo falta la voluntad política, de la cual nuestra presencia en las misiones de paz es una muestra cierta.
Como una contribución para este debate y con la intención de provocar la discusión, quiero señalar lo siguiente:
Desde una perspectiva exclusivamente personal, quiero señalar que la experiencia de las misiones de paz ha provocado nuestra reflexión, en particular a partir de lo sucedido en los Balcanes y en algunas misiones en Africa. Vemos con preocupación lo que podríamos calificar como una falta de liderazgo político, cuya ausencia limita seriamente la acción de las misiones de paz. Los actores militares por sí solos no pueden alcanzar ese objetivo.
Las Naciones Unidas tampoco parecen ser la conducción política que demanda la gestión de esos conflictos. Ya sea por la falta de consenso en el mismo organismo internacional, por la falta de medios que esta expresando esa falta de consenso o por la acción unilateral de otras potencia fuera del marco de la Organización de las Naciones Unidas, ésta se ha visto desbordada en más de un caso y ha carecido del necesario respaldo para conducir eficazmente esas misiones hacia el logro de la paz. No parece ser suficiente separar a los bandos enfrentados, esto solo conduce al inmovilismo y recorta la iniciativa. Son varias las misiones de paz que están empantanadas, sin salida a la vista lo que induce a pensar en una instancia superior de solución que es de rango netamente político.
También observamos la orientación políticas de algunas misiones de paz, que desde sus mismos orígenes han estado contaminadas de preconceptos que luego han trabado la solución pacífica. En el caso de los Balcanes, las divisiones étnicas como fundamento para la creación de nuevos estados, amenaza con multiplicar los conflictos preexistentes. No se observa un esfuerzo comparable al de la acción militar tendiente a encontrar un diseño institucional que permita favorecer la convivencia armónica de las distintas nacionalidades involucradas en dicho conflicto.
Experiencias como la de Irlanda del Norte inducen a pensar que al margen de una solución política, esos conflictos no tienen salida, ya que el instrumento militar es eso, un instrumento al servicio de una política.
Dentro del ámbito regional y siempre referido a las misiones de paz, advierto que todavía no se ha desarrollado una política de Estado conjunta de los países integrantes del MERCOSUR, en primer término y de la subregión, en segundo lugar. El pensamiento militar no ha alcanzado dimensión regional, en el plano cultural. Sin embargo, los avances han sido mucho más significativos en la integración profesional.
La consecuencia práctica de esto es que no se han alcanzado niveles de integración operativa combinada en el ámbito regional, ya que a nivel bilateral este objetivo ha sido inicialmente logrado en varios casos.
Finalmente, creo que la falta de peso del organismo político supranacional que debe gobernar las misiones de paz afecta su valoración. No se manifiesta una voluntad política superior a cada uno de los estados, mientras que el desequilibrio de poder existente en la escena internacional lleva al riesgo de un mundo organizado verticalmente y por ello, poco democrático.
A lo largo de esta exposicion, ustedes habran escuchado varias veces la palabra política, y cuando me refiero a ella estoy involucrando a todos aquellos que de una u otra manera estamos involucrados en la decisiones públicas. Muy en particular, creo que los legisladores tenemos que participar mucho más activamente en la definición de las políticas de defensa y en el monitoreo de su gestión. Esto le dará una fortaleza significativa a las orientaciones en materia de defensa que pasarían inevitablemente por un proceso de actualización y revisión, para ponerlas a la altura de las nuevas exigencias que nos plantea un mundo en cambio y una situación regional que reclama respuestas innovadoras.
En particular, me parece necesaria que mantengamos un estrecho contacto entre los legisladores que integramos las comisiones de Defensa de nuestro ParParlamento y que esos contactos sirvan para ir construyendo lo que podría calificarse como una diplomacia parlamentaria, con la que no se pretende sustituir los vínculos intergubernamentales, ni tampoco la malla de relaciones que han construido las Fuerzas Armadas en la región. Esta suerte de diplomacia parlamentaria debería completar el tramado de relaciones actualmente existentes y será sin duda un aporte a la construcción política que de soporte a la integración regional y que prepare a nuestros países para actuar exitosamente en este mundo globalizado. |